JORGE OESTERHELD,
director de ‘Vida Nueva Cono Sur’ |
No es fácil hacer un análisis
del viaje del Papa a Ecuador, Bolivia y Paraguay. Las dificultades
son múltiples. Pero quizás la mayor dificultad se encuentre en la actitud de
quienes escuchamos u observamos, y no en los gestos y palabras del
Pontífice. Lo que hace y dice el Papa nos sorprende porque estamos
acostumbrados a otra manera de hacer y decir. Atrapados por la cultura de
lo inmediato, buscamos significados políticos, sociales o religiosos para el
momento presente y no nos damos cuenta de que estamos asistiendo a los primeros
brotes del futuro. Ni siquiera brotes, tan solo semillas. El sembrador
salió a sembrar.
A cada paso y
palabra del Papa, fueron apareciendo las interpretaciones interesadas: en primer lugar, de
los políticos y,
después, inmediatamente, de los
medios. Urgidos por sus propias necesidades, los políticos son
los primeros que pretenden llevar agua para su molino en función del presente
de cada uno.
A estas dos
dificultades se agrega otra, hasta hace poco inexistente. Gracias a la
revolución de las tecnologías, una multitud de medios católicos, agencias de
noticias y portales de Internet, también católicos, compiten entre sí para
ofrecernos su propia mirada de lo que hace o dice Francisco. Y ahí nuevamente
aparece otro filtro. Cada uno subraya lo que, desde su visión de la
Iglesia y el mundo, considera prioritario.
Este desplegará con
detalle lo que ocurrió en la misa en la que se rezó por la familia y relegará a
un segundo plano lo que ocurrió en la visita a una cárcel; otros titularán con
entusiasmo lo afirmado en el Encuentro de los Movimientos Populares y dejarán
en segundo plano el diálogo entre el Papa y los religiosos y religiosas.
Nuevamente, quienes siguen los acontecimientos a través de los medios quedan en
manos de la información y las interpretaciones de unos pocos que transmiten lo
que ellos ven en los gestos del Papa y lo que escuchan de sus palabras.
Francisco sabe muy
bien que todo esto funciona así, pero él no está pensando en lo que al día siguiente se dirá de
lo que él dice. Parece más atento a otra cosa: no está
escribiendo las tapas de los diarios, sino los libros de texto del futuro. Está reconstruyendo una imagen
de la Iglesia y desandando siglos de errores o malos entendidos. Sabe
que los periódicos mañana estarán en la basura, pero que sus palabras
se estudiarán en los seminarios, se debatirán en las conferencias episcopales,
se repetirán en los púlpitos, se tratarán en los ámbitos académicos, quedarán
en los corazones de quienes estuvieron frente a él y serán
transmitidas de generación en generación. El sembrador salió a sembrar.
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